Homilía de Fr. Roberto Campos Alegría,

el día 27 de agosto, en el Capítulo provincial 2020

 

Apreciables hermanos:

“El Señor les dé su paz”

¡Y el testigo vio y comunicó!

Convocados y atraídos por la suave brisa del espíritu, un grupo de siervos menores se reunió en un espacio acogedor que, de inmediato, transformaron en un oasis teológico para renovar su forma vitae.

En el marco celebrativo de su Capítulo Provincial y dentro de la Eucaristía que para ellos es fuente y cumbre de su vida y misión, escucharon la voz de quien en verdad los preside, “El Rabí de Nazaret”:

“Fíjense en un servidor fiel y prudente…si al regresar su amo, le encuentra cumpliendo con su deber…”

Su palabra provocó entre ellos, un cierto temblor y temor, pero, sobre todo, y al mismo tiempo, una fascinante atracción.

Hubo un silencio e interiorización admirables, que hizo brotar una reposada oración y que germinó la paz. Al momento se experimentó, un clima de distensión terapéutica y espiritual, que generó un saludable pensar y sentir comunitario.

Y como un kairós.  Así le llaman ellos, se escucharon voces proféticas que incidían y provocaban asentimiento.

Recuperarían, dijeron, el sentido de pertenencia y el valor de la institución, pues en quien la preside, evocarían la figura del siervo y menor que solía decirles: … “así pues hermanos… besándoos los pies.”

Con beneplácito corroboraron haber superado, significativamente, una nociva cultura denigradora, porque decidieron darse a la tarea de reconocer, agradecer y celebrar el bien de Dios en cada uno de ellos.

Renunciaron a reducir a su hermano con el referente despectivo: alcohólico, pederasta y otros, empeñándose en traducir el amor fraterno, como el ejercicio cotidiano de la caridad. Además de ofrecerse rasgos de mutua credibilidad sin por esto, dejar de llamar a la conversión.

Acordaron tener a su Provincia en estado permanente de misión, privilegiando el testimonio y la vida de comunión fraterna como la primera forma de apostolado y evangelización.

Con prontitud de ánimo y paciencia con el pueblo de Dios, dejarían una pastoral de conservación para impregnarse de la pasión pastoral de una Iglesia en salida, mediante la misión eclesial y compartida.

Comprendieron que nadie es depositario absoluto de la verdad, sino simples servidores de ella. Que entre acompañante y acompañados siempre se manifestaría el que, por naturaleza, les recuerda y les conduce, en proporción a la apertura, docilidad y obediencia que Él les merece.

Encontraron la riqueza del silencio, como condición indispensable, para encontrarse a sí mismos, traduciendo su formación continua como el rescate de lo cotidiano de la vida y como un espacio privilegiado que acrecentaría su proceso de conversión.

Concluyeron que el diálogo personal y permanente entre ellos y con la institución, les convertiría en humildes artesanos del encuentro, la proximidad y la colaboración.

Renunciar una todo estéril protagonismo, al maltrato de los fieles y al desatino de pretender estar sobre los demás, rasgos todos estos, de una “patología del poder eclesial”.

Añoran emular a su padre espiritual, como “modelo de ecología integral”. Se propusieron vivir la armonía en su relación con Dios como Padre, con el hombre como hermano, con lo creado como vestigio divino y consigo mismos, desde su paz interior. Y de pronto escucharon: “la paz que proclaman con sus labios, deben tenerla rebosante en su corazón”.

Entre ellos se escuchó el lamento de haber disminuido en número y coincidieron en enaltecer el testimonio, la austeridad y la sobriedad de su vida, como la forma más cualificada, de promoción vocacional.

Finalmente, son conscientes y solidarios al reflejar en sus rostros, el drama existencial que hoy se cierne sobre la humanidad. Al mismo tiempo oran y abrigan la esperanza, para que el mundo recobre el sentido de Dios. Reprobando el modelo actual del hombre injusto, violento, fratricida y depredador y abogan por el advenimiento del nuevo paradigma, con un hombre más fraterno, pacífico, ecológico y solidario. Uno de ellos exclamó y ¿cómo alcanzaremos y daremos continuidad a todo esto?…

Con un reconocimiento admirable e inusual se escuchó la siguiente declaración: ¡hermanos! ¡reconozcámoslo! ¡Se ha debilitado nuestra fe! Hemos desplazado de nuestras vidas la centralidad de Jesucristo. Nuestra relación con Él es la medida que cualifica la veracidad de nuestra fidelidad vocacional.

Tristemente constatamos que hemos permitido usurpar el lugar que solo el Señor merece, colocándonos a nosotros mismos, o a afectos efímeros y malsanas adicciones o, de plano, el afán por el dinero, y , como consecuencia, el endurecimiento y desvío de nuestro corazón.

…Todos cayeron rostro en tierra… y por ello fueron dignos de la siguiente visión:

Francisco y León caminaban por el bosque, silencioso y frondoso. De hecho, eran acostumbrados estos desplazamientos, fraternos. Al internarse más y más, sus sentidos corporales se agudizaron: el gusto se volvía gozo; el tacto, familiaridad; la escucha, una disminución que les permitió integrarse a la sinfonía de la creación. Y la vista les permitió contemplar con certeza a su Señor en la integridad de todo lo creado.

De pronto postrados por la impresión, miraban embelesados una fuente de agua tierna y cristalina. Francisco exclamó: “¡mira León, esta fuente humilde y sonora canta la inocencia de Dios!”. León extasiado, contemplaba en silencio, aunque con un rictus melancólico y nostálgico. Los dos eran arrebatados por el agua que se derramaba entre las rocas y los musgos y se filtraba sobre los enebros y mirlos.

Francisco con sigilo y afecto dice a León: ¿por qué esa tristeza y desencanto?

Con asombro y timidez acotó León: Francisco, cómo quisiera tener la inocencia y transparencia del agua de esta fuente, para poder adorar al Señor con corazón puro. Pero no puedo, porque mi conciencia no me lo permite, pues me ponen en evidencia mis faltas y pecados.

Francisco le confió: ¡León… en eso no consiste adorar al Señor con corazón puro! Descéntrate, y céntrate sólo en Él. Vuelve tu corazón hacia Él. Agradece su admirable gratuidad y su inquebrantable fidelidad. ¡En esto consiste adorar al Señor con corazón puro! ¡Alégrate León!

De pronto, tan en sintonía estaban, que Francisco y León eran una sola expresión de amor. Fue así que en la fuente cristalina delinearon a aquella que por su ternura, inocencia y limpidez saludaron así:

¡Salve Virgen hecha Iglesia!

¡En alabanza de Cristo y de su siervo Francisco!