Francisco de Asís, uno de los humanos que han sabido serlo en plenitud y Clara de Favarone, la mejor intérprete de los ideales de Francisco y la primer franciscana en observar la Regla, son figuras descollantes de la hagiografía latina, que gozan del aprecio no sólo de los católicos, sino de otras familias cristianas, de ciertos sectores del mundo musulmán y de otras culturas. Todos reconocen, sobre todo en San Francisco, el grado al que llegó su amistad con Dios, la exquisitez de  enseñarnos a ser hermanos y sobre todo, la posibilidad de estar en armonía y en relación respetuosa con la creación.

Francisco de Asís advierte sobre la brevedad de nuestra vida terrena, al decirnos que “somos peregrinos y extranjeros en este mundo” (2R 6), lo que significa que pronto, cuando muramos, desaparecerá nuestra memoria y que ya nadie nos recordará, a menos que dejemos huella de nuestro paso, así como los llamados “inmortales”: inventores, escritores, pintores, músicos, conquistadores y demás personajes de los que se habla en las enciclopedias y en los libros de historia. Entre esos inmortales, precisamente están nuestros personajes, que han dejado huella de su “paso por este mundo” y no sólo por haber fundado una “Orden” y haber propuesto una forma de vida que ha cumplido ya 800 años de existencia (2009), sino sobre todo, porque podemos gozar de sus consejos y enseñanzas en los escritos que nos dejaron y que propiciaron todo un movimiento espiritual eclesial.

Cuando Francisco de Asís y la primera generación de los que lo conocieron se habían ido ya de este mundo, cuando ya no había quien diera testimonio de lo que “vieron y oyeron” de él, el espíritu que animó el movimiento franciscano de las generaciones posteriores, tanto como la transmisión de su “propósito”,  quedó plasmado en una serie de escritos que han llegado hasta nuestros días.

Francisco de Asís, lejos de ser una persona “ignorante e iletrado” (CtaO 39), como él mismo se consideraba, los escritos y dictados que tenemos son prueba de todo lo contrario; en realidad fue Dios y su “Divina inspiración” quien escribió la historia del Serafín de Asís y de la hermana Clara de Favarone (2R 1; Tes14-15).

La mayor parte de esa serie de documentos, donde quedaron plasmadas la espiritualidad y las intenciones del fundador, nos han llegado a través de una rica tradición de manuscritos de los siglos XIII, XIV y XV que los reportan algunos de manera parcial y otros de modo total. A tales escritos se les conocen como “opúsculos”, palabra que tiene su raíz en el vocablo latino opus = obra y que en nuestro caso pasa como minúscula, en virtud a que se trata de escritos breves o cortos es decir “obritas”. Tales escritos, tanto de Francisco como de Clara, gozan de un lugar privilegiado entre las fuentes franciscanas ya que nos permiten escuchar la voz de sus mismos autores. Las expresiones y las palabras que los componen, representan sus enseñanzas, sus pensamientos, amalgamados o fundidos en la atmósfera y en el lenguaje religioso de un tiempo que hicieron suyo; nos introducen inmediatamente en su personalidad, en su experiencia y en sus intenciones. No constituyen una autobiografía formal, a lo más una autobiografía moral que nos dejan entrever sus aspiraciones, su fe, sus esperanzas y hasta sus temores; sus angustias y hasta sus eventuales fracasos.

Particularmente Francisco de Asís, al ser un hombre de acción, no pretendió poner en sus escritos definiciones o programas para asimilar intelectualmente. Tampoco pretendió escribir dogmas religiosos para creer abstractamente. Sus escritos son la proclamación activa y gloriosa de una fe; el canto de un enamorado de Dios. Sus escritos son, en sustancia, UN PROGRAMA DE VIDA, un material que nos enseña un “modo de ser” y donde se puede adoptar un “estilo de vida”.

Ante la imposibilidad de comprender a Francisco de Asís sin meditar sus escritos, igualmente es imposible comprender a fondo cada uno de ellos sin consultar los subsidios y la iluminación de otros escritos como las biografías de los siglos XIII y XIV.

Francisco de Asís fue un hombre que llegó por el camino interior a una extraordinaria simplificación religiosa y evangélica de la realidad y de la vida; en sus escritos nos pide ser comprendido completamente y no fraccionado o reducido; siempre dispuesto a repetir a todos que “entender no basta, se necesita vivir”.

A la memoria de los que nos precedieron

Fr. Octavio Luna Álvarez, OFM

Cartas .  San Francisco de Asis.